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sábado, 5 de abril de 2014

Querido tú:

¿Conoces esa sensación de despertarte en mitad de la noche de súbito y sobresaltado? Te mentiría si te dijera que yo no la conozco, que no me ha pasado nunca, y te mentiría si te dijera que no me ha pasado esta noche.



Te cuento:

Me he levantado de pronto y sin razón aparente, con la respiración agitada y el cuerpo tembloroso. La cabeza me daba demasiadas vueltas, así que he intentado calmarme un poco antes de seguir pensando.

«¿Por qué?», me he preguntado a mí misma, «¿por qué te has ido?». No hablaba de mí, obviamente, yo jamás me iría (quiero al menos pensar que yo jamás me iría)... Igual debería haberlo preguntado de otra manera más clara, para que se viera que hablaba, no de un «tú» interior y más personal, sino de un «tú» real, de otra persona...; pero eso ya da igual.

El caso es que me he puesto a tantear con mucho miedo la cama. Cada vez más rápido y con más histeria. Me he puesto como loca buscando algo que juraría haber dejado a mi lado nada más acostarme, algo que creía haber guardado delicadamente entre mis sábanas, a salvo de los golpes, los arañazos y las caídas. He registrado cada rincón del colchón, cada pliegue de las mantas, pero al parecer no estabas.

¿Conoces esa sensación de impotencia que surge cuando algo ha cambiado drásticamente en muy poco tiempo y sin apenas darte cuenta? Yo me he sentido así. Y me ha dado mucha rabia. No sabía qué había hecho para que te fueras sin despedirte y en mitad de la noche. Y no he podido gritar sin pronunciar tu nombre. Y no he podido llorar sin ver tu rostro.

He decidido intentar relajarme, ya que no había otra cosa que, al parecer, pudiera hacer. He decidido respirar profundo de nuevo y volver a calmarme. Entonces me he parado a reflexionar y he caído en la cuenta de que cabía la posibilidad de que en realidad nunca te hubieras tumbado a mi lado.

No. No creo... ¡Me niego a creerlo!

En fin. Me he vuelto a acostar. Y he estado esperando a que amanezca. Preguntándome qué había hecho mal. Preguntándome qué había hecho bien. Preguntándome adónde estaba el sol. Preguntándome por qué no se iba ya la luna.
 

viernes, 22 de febrero de 2013

viernes, 11 de enero de 2013

¿?

Queridísima amiga:

Llegué al final del libro.

«¿Nos conocemos?», se preguntaron; y vieron que sus rostros les eran conocidos, mas no alcanzaban a recordar por qué. Había pasado tanto tiempo desde la última vez... 

Quizá no se conocieran, quizá nunca llegaron a conocerse. No estaban seguras, pero era una posibilidad. Y si no, daba igual, pues decidieron contemplarse una última vez y hacer como si ambas fueran un par de desconocidaque se cruzan un día cualquiera y siguen cada una en una dirección sin percatarse siquiera de haber visto a nadie más. Decidieron tornarse unas completas extrañas.

Sin embargo, algo las hizo girarse para observar a esa extraña con la que habían compartido, sin querer, parte del camino. Costumbre, tal vez, de saludar a los vecinos por muy mal que te caigan con tal de que no chismorreen y digan que tú eres el maleducado. Y, mirándose fija y desconcertadamente a los ojos, los labios de ambas, al unísono, solo alcanzaron a decir: «¿Quién eres?».

Qué recuerdos. Cercanos, pero recuerdos, al fin y al cabo.

Ahora no sabemos quiénes somos con exactitud. No dejamos de sorprendernos, y no todas las sorpresas tienen que ser agradables... Ya no congeniamos, al parecer, como antes. Ya no vale la pena el esfuerzo. ¿Y qué haremos, entonces, sino degustar el amargo sabor de la despedida y disgregarnos?, ¿aparte, claro está, de olvidar esta realidad y crear otra distinta? Huiremos. Cada una hacia un lado. Tú con lo tuyo y yo con lo mío. Somos felices, pero cada una tiene una sonrisa distinta. Correremos sin voltear nuestros cuerpos para mirarnos a los ojos una última vez. Romperemos con todo y lo dejaremos atrás. No hay otra opción.
Me gusta llevar pantalones; tú, en cambio, prefieres vestir con falda.


Fdo.: Saá. 

domingo, 15 de julio de 2012

Cuando éramos felices...

Queridísima amiga:

Decidí ir de vuelta al pasado, un viaje hacia tiempos remotos, y rememorar tiempos mejores. Recordé aquella época en la que éramos felices la una junto a la otra, tiempos en los que las excusas tenían algún significado y reíamos juntas a carcajadas creyéndolas como algo positivo, como una especie de perdón. Pero poco a poco dichas excusas se fueron haciendo menos creíbles y más descaradas, más dolorosas. Llegó la hora de distanciarnos.

Comenzamos a hacer vida por separado. Cada una frecuentaba unos lugares a unas determinadas horas  y acompañada de ciertas personas. Siquiera nos parábamos a pensar en nuestra pretérita etapa en la que íbamos juntas a todas partes. Habíamos llegado al final de aquel otro libro y habíamos comenzado cada una uno nuevo, de temas completamente diferentes. Tú leías acerca de la vida, y devorabas el escrito disfrutando enteramente día a día. Yo, en cambio, leía acerca de la muerte, y absorbía cada palabra para llegar al final de forma culta y bien lúcida. Eran lecturas relacionadas, como nosotras, pero muy diferentes... como nosotras.

Vi, en mi periplo, que sólo de vez en cuando nos acordábamos de nuestra antigua compañera. Tú me evocabas en tu mente cuando no había nadie más a quien le apeteciese salirse de su rutina e ir a sitios nuevos; yo te invocaba en la mía cuando no había nadie que quisiese escuchar. En el fondo siempre habíamos estado dentro de la mente de la otra, pero quizá por miedo, o tal vez orgullo, no lo confesábamos. Yo fingía pasarlo bien en aquellos extraños lugares, viendo y haciendo cosas nuevas; tú hacías como que me escuchabas y actuabas de forma que parecías realmente interesada en aquello que te contaba. Y sin embargo, aún no estábamos tan unidas como antaño.

En mi recorrido aprendí, tras ver cómo nos comportábamos al principio y cómo más adelante, que en esta nuestra odisea quizá debamos caminar despacio, sin prisa. Tal vez el final de ambos libros sea el mismo. Puede que sólo necesitemos tiempo para recapacitar y puede que en el momento más inesperado volvamos a reunirnos
y volvamos a reír como antes...

Fdo.: Saá.

domingo, 27 de mayo de 2012

Tu sueño, tu realidad.

Queridísima amiga:

Hace tiempo me dijiste que soñaste algo tan hermoso que tenías miedo de despertar en la cruda realidad y apreciar el dolor que te embargaba. Me rogaste que te pegara, cito textualmente, una bofetada para ver si por fin abrías tus supuestos ojos cerrados. Me suplicaste que te dijera que dejaras de hacer la "idiota" (no lo hice porque considero que no actuabas así, pero quizá tengamos definiciones totalmente adversas) y deseaste tenerme a tu lado para... desahogarte, tal vez.

Soñar no es malo, querida mía, si sabes que es un sueño. Soñar puede ser extremadamente delicioso, un dulce que te dan ganas de picotear siempre que estás aburrida y no sabes qué hacer. Soñar puede llegar a ser incluso "perfecto" (siempre y cuando creas en la perfección como algo superior y mejor formado que otro algo parecido o casi igual).

Te encontrabas tan bien en esa agradable fantasía... y aún así ansiabas que yo te espabilara, ¡no tienes remedio!

Te empeñabas, si no recuerdo mal, en que vivías una especie de mentira y en que no sabías mirar a tu alrededor para ver lo "realmente" certero: el mundo exterior. Te empecinabas en que lo hacías mal, en que te ibas a volver loca en un falso pero seductor universo. Mas, cariño, nuestros sentidos nos engañan a veces, ¿cómo podías estar segura tú de que aquello que pensabas no era, al menos, tan real como lo que yo observaba a mi alrededor? Posiblemente pudieras palpar todo aquello que pensabas y probablemente lo sentías incluso mejor que el mundo de fuera. ¿Por qué, entonces, te obcecabas en que no parabas de errar y en que debías despertar? Seguramente veías aquel sueño como algo verídico e innegable y, aún así, querías levantarte de la cama y ver el mundo tal y como era. ¿Para qué querías partir de esa utopía pudiendo permanecer un poco más hasta que se calmara el exterior? Estabas mejor ahí dentro, sin nadie que te molestase, sin preocupaciones. En un maravilloso mundo junto a aquél al que amabas. Era tu vida, tú estabas allí temporalmente y vivías otra realidad alejada del resto. No hacías nada malo... ¡Y tampoco estabas loca! Allí todo era bonito, brillante. Y tú sonreías cual niña en el día de su cumpleaños por que ya es "mayor".

Si quieres que te sea sincera, no despiertes, o al menos... no aún.

ya me contarás...


Aprovecha y vive, grita, canta, baila, ríe, salta, corre, disfruta del momento (carpe diem, como dijo un día un tal Quintus) olvídate de todo, ama y sé amada... Y, cuando vuelvas de tu viaje por tus pensamientos,




Fdo.: Saá.

PD: Suú, teé cuú.