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sábado, 18 de abril de 2015

CAPÍTULO V / LOS AMANTES


Tú y yo.

Lo nuestro duró algo más de cinco meses, pero fueron esos cinco primeros meses los que me hicieron creer en el amor.

Él era como la primavera en un día de invierno; todo alegría y felicidad incluso en los días de gélido viento y lluvia torrencial. Era como un amanecer en la playa en el que la brisa marina y el olor a sal te relajan ampliamente mientras que el calor del sol y la arena se encargan de mantenerte despierto. Como una noche despejada en la que se pueden apreciar todas las estrellas del firmamento. Como un cachorrito canino recién nacido que sólo te da ganas de cuidarlo y comértelo a besos. Él era todos los tópicos relacionados con el amor habidos y por haber y la verdad es que no me importaba. Sólo había una pega: que éramos amantes.

Veréis:

Nosotros nos sentábamos a mirarnos sin decir palabra y sólo abríamos la boca para robarnos la saliva y robarle el dióxido de carbono a la capa de ozono. No sólo nos mirábamos a los ojos (de los colores del otoño, la vivacidad del verano y la tristeza de la primavera –el invierno no nos gustaba–); sino que también nos observábamos las grietas y las hinchazones de los labios, los temblores y sudores de las manos, la piel de gallina, los rápidos movimientos del pecho yendo arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo.

Nosotros nos sentábamos a mirarnos sin hacer ruido y sólo hacíamos movimientos bruscos cuando nos respirábamos; pero no sólo cuando nos convertíamos en el oxígeno del otro, sino también cuando nos abrazábamos. Y daba la casualidad de que sólo nos inspirábamos y espirábamos cuando estábamos solos.

No, no engañábamos a nadie y tampoco pretendíamos hacerlo; pero tampoco parecía que tuviéramos intención de hacer correr la voz. Lo nuestro era como un tesoro enterrado en una isla desierta; algo precioso y muy valioso, pero desconocido por el resto del mundo salvo por los piratas. Y al parecer yo era la única que se moría de ganas por estrenar la pala.

domingo, 5 de abril de 2015

Un cuento escrito a lápiz en una hoja cuadriculada

La observaba a una prudente distancia, lo suficientemente lejos para que no lo pillara y lo suficientemente cerca para olerla bien.

Se hallaba distraída en sus cosas, meciendo suavemente su cuerpo al son del compás, bailando la dulce melodía que escuchaba mientras aseaba un poco su escritorio.

Se relamía suavemente los labios y permanecía inmóvil para aspirar más profundamente el acaramelado aroma de su interior y el salado líquido que derramaba su piel al moverse demasiado.

No sospechaba que había una sombra detrás, admirando su laboriosa acción. Se encontraba sumida en su mundo y no veía más allá de las invisibles barreras que su mente había creado.

Sigiloso, anduvo unos pequeños pasos hacia ella, degustando de forma imaginaria su sabor. Era tan sabrosa...

Le pareció escuchar unos pasos. Se giró bruscamente y asustó a su gato. Aquel gato negro que la observaba detenidamente y con curiosidad. El silencioso felino terminó acercándosele de forma violenta posándose sobre sus piernas. Le relamió sus suaves pero sudorosos brazos. Ella dejó de ordenar su habitación para acariciar al hambriento gato que maullaba de forma exagerada. Se levantó de la silla y fue a alimentar a su mascota.

La sombra la siguió y, en el descuido que ella tuvo nutriendo a su gato, la envolvió. Cató el tinto de su piel. Crujió entre sus afilados dientes sus duros huesos. Tragó su blanda y delicada carne.

El gato prefirió huir maullando.

Aquel vil ser sólo parecía interesarse por humanos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Cuando me desperté esa mañana de julio toda mojada en el suelo, pensé en la de veces que me había despertado toda empapada en tu cama. Ya no estaba entre tus sábanas arrugadas y pringosas, sino sobre un charco reseco de un líquido que no había parado de salir de una zona muy concreta de mi cara.

Me miré al espejo y aún lloraba. Tenía el rostro y las manos tan sucios como el suelo sobre el que había dormido y tenía mucho frío. Me vinieron a la cabeza aquellas noches en las que dormíamos desnudos abrazados justo después de follar en tu escritorio y no pude evitar arrancarme la ropa de la rabia y pasar mi mano derecha por entre mi húmedo sexo.

Estaba tan histérica que habría roto el espejo de un cabezazo de no ser por aquel fuerte grito proveniente de la puerta que me despertó tan de golpe.

Cuando desperté esa mañana de julio toda mojada en el suelo, me di cuenta de que jamás habría llegado a pensar que, al darte el ultimátum, había firmado mi propia sentencia de muerte.

Eché una ojeada a mi alrededor y encontré mi ropa desgarrada y arrugada en una esquina de aquel suelo sucio y pringoso. Tenía frío, pero mi sexo aún ardía y me olían las manos a él.

Mirara donde mirara, sólo me chocaba contra esos miles de ojos verdes que me observaban desde el suelo. Tenía el rostro roto y desfigurado esparcido por toda la habitación. Era incapaz de levantarme, pero al menos ya había dejado de sangrar.

Estaba tan asustada que a punto estuve de llamar a gritos a mi madre de no ser porque ya se me adelantó ella al entrar en el cuarto de baño. Jamás pensé que pudiera levantar tanto la voz, así como tampoco pensé que pudiera dolerme tan poco la cabeza.

(Finalmente me acordé de ti).

sábado, 29 de noviembre de 2014

ÉL

Hace un frío descomunal. Lo que ya no sé es si lo hace fuera en la calle porque es casi invierno o dentro de su cuerpo. También llueve, pero tampoco sabría ubicar dónde exactamente. Probablemente él ni sienta frío ni se esté mojando, así que sería de suponer que sólo ocurre en su cuerpo, que su corazón está bajo cero y que sus ojos son nubarrones.

Mientras ella escribe sintiendo la lluvia anegar su rostro, él habla con el amor de su vida, que aún no sé quién es, pero que ya la envidio como jamás he envidiado a nadie en la vida.

Ella      que es capaz de hacerlo feliz.
Que con sólo una mirada es capaz de saber qué piensa y que no piensa en otra cosa sino en ella.
Que tiene el privilegio de poder abrazarlo todos los días.
Ella      qué se siente amada. Que es amada.
Ella      que será feliz por el resto de sus días junto a él.
Que disfrutará de su calidad compañía todos los días del año de todos los años que lleguen a partir de ahora.
Que no se separará de él jamás de los jamases.
Que ya conoce el compás de sus latidos y que ya se sabe de memoria el vals que lo acompaña.
Ella      que respira a su lado.
Ella      que respira su aire.
Ella      que lo respira cada segundo que pasa.
Ella.
¡Qué envidia!
Ella      que no es ella ni soy yo, sino ella.
Ella      que nos ha arrebatado a M. Ella que se lo ha ganado a pulso. Ella que ha sabido estar con él.
Ella      que me ha matado sin conocerme.
Ella      que ha instigado mi suicidio.
Ella      que no soy yo.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Despedida

-Adiós.
Salió de su boca como quien se aclara un poco la garganta. No como quien estornuda, que al principio de cuesta mucho y luego lo escupe todo rápido y de golpe; sino como quien tose tranquilamente para seguir con lo que estaba diciendo o, en este caso, para seguir con su vida.
-Adiós.
Ni siquiera llegó a parpadear, a ladear la vista hacia el suelo o a levantarla hasta el azul del cielo. En esos aproximadamente ocho decisegundos que duró la frase no dejó de mirarme a los ojos. Y en la eternidad que vino justo después tampoco apartó la mirada de mis pupilas. Pensé por un momento que, de tanto mirarnos, se fusionarían sus castaños y mis verdes; y, quizá, tal vez, puede que, se arrepintiera de decir:
-Adiós.
Recuerdo que esa palabra tan fea se me clavó como un puñal en el estómago y se encargó de abrirme hasta divisar las entrañas y arrancarme las vísceras de cuajo. Recuerdo que me entraron ganas de vomitar y que acabé con los ojos inundados en lágrimas. Esa palabra tan audiovisualmente horrible me golpeó contundentemente en la cabeza y me abrió la sien haciendo que se derramaran mis sesos. Recuerdo perfectamente que, en ese momento, dejé de vivir. Que me enterraron ahí mismo, bajo el suelo pavimentado de la acera cuadriculada, justo enfrente de aquel edificio del que ojalá no hubiera salido esa mañana y en el que ojalá no hubiera entrado jamás.
-Adiós.                                
Lo dijo solo una vez y se marchó. Y se marchó precisamente porque no tenía intención de repetirlo y porque tampoco tenía ganas de presenciar uno de mis numeritos de alma desdichada. Y no lo iba a repetir porque no hacía falta. Que esa bala alcanzó directamente mi pecho y atravesó de una mi esternón, mi pulmón izquierdo y mi corazón. Que no hizo falta disparar más. Que me disparó y yo no hice nada por intentar esquivar el proyectil. Y me disparó porque yo se lo pedí, porque estaba cansada y porque él era un callejón con muchas salidas y yo no sabía cuál de ellas tomar. Así que...
-Adiós.

sábado, 22 de noviembre de 2014

El suicidio sí es una opción

El carpesano amarillo cada vez está más lleno. De tonterías sin sentido, sí, pero lleno. A su lado hay un bolígrafo negro. No me gusta mucho el negro para escribir, pero al menos tiene tinta. También están los auriculares azules con sus cables enrollados por encima de la mesa y el ratón negro. Y el móvil que no suena porque está en silencio y está en silencio porque de todas formas no iba a sonar. Luego hay papeles que sirven de borradores, un montón de CDs que ya no se escuchan y folios en blanco. Y libros ajados y un montón de bolígrafos que no rayan y un teléfono que casi nadie usa y una impresora que hace mucho ruido y un ordenador que va lento y se raya, no como los bolígrafos de antes.

La vida es una mierda. La vida es una puta mierda.

En la pantalla del ordenador hay abierto un documento Word que aún no está terminado y que ojalá no se termine nunca porque ojalá la escritora se muera antes de poder hacerlo. Habla de muchas cosas en general y otras muchas en particular. Habla de Mmmmm, a quien no quiere nombrar y por eso tacha su nombre, y habla de sí misma, cuyo nombre también tacharía si se le ocurriera ahora escribirlo.

Ojalá se me caiga el techo en estos momentos en los que aún es posible quitar lo tachado y se lea perfectamente el nombre del asesino.

Hay cables por todas partes, pero no podría electrocutarse con ninguno. Y una estufa que ahora no necesita encender. Y un par de bicicletas viejas y feas. Y un espejo en el que se ve reflejada la cara de perra amargada que lleva a cuestas durante todo el día desde que nació.

El carpesano contiene cosas privadas, por cierto. Y este documento también. Sobre todo este pequeño texto de escritura automática.

(A ver si se acaba el año de una puta vez).

sábado, 8 de noviembre de 2014

Excurso

Amaneció antes de lo normal, siempre y cuando amanezca cuando yo me levanto; si no no: amaneció a la hora de siempre. A las seis y media en punto yo ya estaba terminando de desayunar; vestida, coleta hecha y con lentillas; sólo me faltaba ponerme los zapatos. A las siete menos cinco estaba subiendo al autobús. Y allí estaba él.

Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y habría apostado todo a que no me reconocería. Habría ganado: no me reconoció. Seguía tan guapo como en unos veranos atrás. Y tan joven. Con una sonrisa que le provocaban a una hacer un uso más consecutivo del transporte  público. Con una conducción impecable. Y además le quedaba muy bien el uniforme.

Yo me senté en la parte de detrás, en las ventanas de la derecha; allí donde mi campo de visión abarcaba la carretera y las dos puertas del autobús. Me senté en el sitio de siempre.

Subió entonces un hombre de unos treinta y cinco años de edad con mirada de niño y sonrisa de anciano. A mí los hombres con traje siempre me han parecido atractivos, pero es que éste se llevaba la palma. Camisa blanca impoluta; chaqueta, pantalón y corbata gris marengo; y mocasines de color indefinido que combinaba muy bien con todo lo demás. Con su mano izquierda sujetaba un maletín negro lleno, seguramente, de documentos importantes de su trabajo y con su derecha de sujetaba a la barandilla. Se quedó de pie en el sitio de siempre.

Me hizo pensar en la universidad y no pude evitar fijarme en el chico que andaba por la calle dirección al metro. Puños y mandíbula apretados, grandes y veloces zancadas, vestido informal y con una mochila azul a cuestas; me pregunté (y me sigo preguntando) si esa sería la impresión que yo daba a los demás cuando me dirigía a clase: tan enfadada. Enfadada como aquella madre que arrastraba a sus dos hijos gemelos por la boca del metro para subir al transporte e ir a la escuela. Los niños, como es normal, no querían ir al cole. Como tampoco querían ir a trabajar las señoras que bajaron en la misma parada en la que me bajé yo (señoras que ya estaban casi para jubilarse, como la mayoría de mis profesores).

jueves, 9 de octubre de 2014

(Des)amor II


Neo era claramente un inmaduro: antepuso su rabia puntual a todo un curso de estudios solo para no volver a Lizy, cosa bastante imposible a largo plazo, pero totalmente efectiva durante un breve período de tiempo.

Neo crecía lentamente, como siempre, tan lentamente que pronto añoró aquel delicioso juego de adultos en el que había participado hacía apenas un año. Necesitaba volver a sentirse mayor, volver a saborear otros labios, volver a rellenar esa fría ausencia que lo acompañaba; necesitaba a otra Lizy que no fuera tan independiente. Necesitaba a Renée.

Renée era una muchacha rubia de cabellos largos y sedosos, muy lisos. Tenía los ojos castaños y le encantaba maquillárselos a diario (el maquillaje le hacía un poco cara de adulta). No era muy estudiosa y prefería pasar el tiempo mirando series en Internet, el mismo tipo de series que gustaban a Neo. Vestía de manera uniforme: con leggings y camisas anchas complementándose con guantes y/o gorros. Además, le apasionaba la música, aunque no sabía, aún, tocar ningún instrumento. Parecía la chica ideal para Neo; realmente lo parecía.

Neo optó por acercarse a ella para conocerla mejor. Descubrieron que ambos habían ya vivido más de una historia de amor (bueno, “amor”…) y que deseaban más. Supieron entonces de sus parecidos, de sus aficiones en común y de sus deseos conjuntos. De repente, se habían acercado tanto que hasta caminaban juntos cogidos de la mano.

Ella lo deleitaba con apasionados besos en los labios y unos pocos en las mejillas; lo acariciaba con decisión y le hacía sentir todo un adulto sabedor del mundo del deseo. Le susurraba que no había otro igual en ese mundo, que él era único, que era todo un dios.

Él la llevaba a lugares únicos, lugares en los que el sol los contemplaba con dulzura, lugares en los que el viento recreaba tiernas melodías para sus refinados oídos… lugares en los que Neo había llevado ya a demasiadas doncellas de la mano, pero no importaba, ya que Renée viviría siempre en la ignorancia y jamás lo sabría.

Parecían felices, y así creían vivir. Pero su felicidad no duró mucho tiempo.

Neo se dio cuenta en seguida de que no era eso lo que quería, se dio cuenta de que ella no era pura, de que era una embustera y escondía sus oscuros secretos. Él aún era demasiado niño como para concebir tales mentiras.

Renée lo había engañado desde el principio, ¡y aún se extrañaba de que él le dejara de dirigir la palabra! ¡Se hacía la tonta! Renée había estado jugando a dos bandas, había estado murmurando a dos orejas distintas, había estado besando dos labios diferentes.

Neo decidió tomarse un tiempo para recapacitar acerca de lo que realmente quería.

domingo, 13 de julio de 2014

Me pasaba las noches desnuda en mi cama

Era siempre de noche. No sé si porque el tiempo se había detenido o porque la que se había detenido era yo, pero era siempre de noche. Además, llovía. Llovía muy fuerte. Y a veces se les escapaba algún que otro grito a las nubes, para contrarrestar los míos propios. Pero nunca había relámpagos, estaba siempre todo a oscuras.

Miraba mi móvil cada diez segundos, pero nunca recibía noticias tuyas. Es más, rara vez recibía notificaciones de algún tipo. Pensaba en escribirte yo, para que supieras que aún pensaba en ti en esas noches tan largas, pero al final no lo hacía... por miedo a que me recordaras que tú no pensabas en mí, que ya me habías olvidado...

Y me miraba a través de todas esas fotografías que me hacía. Y me miraba a través de los pequeños espejos de mi cuarto. Y me miraba a través de esos ojos marrones tuyos que mis ojos proyectaban en los pequeños espejos de mi cuarto en los que me miraba.

Y me tocaba. Me masturbaba tanto y tan fuerte que de verdad llegaba a sentir ese placer tan increíble que unos muchos alababan y otros tantos tenían como impuro. Y yo alababa mi impureza. Y gritaba muy fuerte y sudaba como nunca y me temblaba todo. Y me encantaba.

Luego me paraba a pensarte. Miraba mis muslos desnudos y me preguntaba por qué no estabas aquí conmigo, mirándomelos, tocándomelos, besándomelos... mirándome, tocándome, besándome. Y lloraba. Lloraba tan fuerte que casi ni se oía la lluvia que golpeaba la ventana cerrada. Y volvía a temblar, pero esta vez de frío, de tristeza, de miedo.
Me pasaba las horas desnuda en mi cama. Con la cara y la entrepierna mojadas. Pensando en ti y esperando tu llegada. Viviendo en la patética melancolía de la noche.

sábado, 21 de junio de 2014

La tristeza

He buscado en el diccionario de la Real Academia Española el significado del sustantivo «tristeza» y me remite al adjetivo «triste» (literalmente pone: 'Cualidad de triste'). No sé, me ha parecido un poco triste (a pasar de no conocer aún su significado) que no le pongan una definición en condiciones; que en lugar de ello la dejen ahí sola, sin saber qué decir, qué pensar, cómo sentirse, cómo actuar...

He buscado luego el adjetivo (he abierto una pestaña emergente para ello, pues no quería dejar sola a la tristeza) y me he encontrado con definiciones diversas, pero muy parecidas: tales como 'Afligido, apesadumbrado', 'De carácter o genio melancólico', 'Que denota/ocasiona pesadumbre o melancolía', 'Doloroso, enojoso, difícil de soportar' o 'Insignificante, insuficiente, ineficaz'. Y no sé, aún me sentía triste (sabiendo ya lo que eso significaba) por que no hubieran definido la tristeza con algo que no fuera el adjetivo.

La tristeza es no tener una definición clara de ti mismo, no saber quién eres con certeza. Tristeza es que no te lean, que no te conozcan tan a fondo como a ti te gustaría. Que no te hablen, que no te toquen, que no te miren... La tristeza es esa flor silvestre más blanca que la nieve que nace en medio de las malas yerbas y cuya brillantez causa envidia por todo el ancho prado. Tristeza es ser el único ser vivo al que aún le queda algo de inocencia, la única alma a la que aún no pueden juzgar. Tristeza son esas sonrisas tan bonitas que no tienen respuesta, esas miradas tan intensas que se apagan de repente, esos besos al aire que no encuentran su destino. La tristeza somos tú y yo cuando dejamos de hablar. Tristeza son esos zapatos azules que lucen ya casi olvidados en el escaparate y a quienes nadie les ha dado la oportunidad de encontrar el amor en unos pies fríos a los que cubrir.

martes, 17 de junio de 2014

El olvido

La Real Academia Española dice que el olvido es la cesación de la memoria y del afecto que se tenía y el descuido de algo que se debía tener presente; y, teniendo en cuenta la última definición ('Descuido de algo que se debía tener presente'), he olvidado que estoy hablando ni más ni menos que ¡de la Real Academia Española! Mi intención era formular otra definición, o ampliar la que ya estuviera en el diccionario, pero por primera vez en mucho tiempo estoy de acuerdo con ella, sobre todo con su segunda acepción de «olvido» ('Cesación del afecto que se tenía').

Así pues, podemos decir que el olvido es mirar ese sofá tan ajado y cubierto de polvo que guardaste en el trastero hace ya tanto tiempo con sumo cuidado y no sonreír al recordar lo cómodo que era cuando aún estaba en su auge. El olvido es quemar sin miramientos todos esos poemas plagados de rimas y frases típicas y conocidas que te escribió el amor de tu vida de cuando tenías aún catorce años y que no se te salten las lágrimas al pensar en esa época en la que el amor era algo tan simple y bonito a la vez. El olvido es rebuscar en el fondo de tu armario, coger la ropa que te obligaba a ponerte tu padre para salir de fiesta (en los escasos días en los que te dejaba salir por la noche) y no inundarte del odio que le tenías a esas faldas tan largas y a esos cuellos tan altos. El olvido es coger ese cigarro aún sin estrenar que metiste en un cajón junto con más tonterías del mismo estilo y no ponértelo entre los labios para hacer como que fumas y reírte así de lo ingenua que eras al pensar que ya eras toda una mujer tan solo por destrozar poco a poco tus pulmones.

domingo, 8 de junio de 2014

Podría ser

Yo podría ser una persona normal (una chica cualquiera que anda buscando un príncipe azul que no sea príncipe para que la trate como una princesa) y podría verte pasar de repente por mi lado y enamorarme al instante por tu increíble belleza. Podría acercarme tímidamente a ti (no sin antes mirar mi reflejo en el cristal de algún escaparate para ver si estoy presentable) y saludarte con una sonrisa cerrada. Podría quedarme ahí plantada en silencio, poniéndote incómodo sin querer, poniéndome nerviosa a mí misma, y al final abrir la boca y hablar. Podría mirarte fijamente a los ojos y decirte que, pese a lo que la gran mayoría opina de las pupilas marrones, son los más bonitos que jamás he contemplado. Podría observar de cerca esos labios tan carnosos que tienes por boca y confesarte lo mucho que quiero besarlos. Podría sonreírte ampliamente mientras te cuento lo graciosa y bonita que me resulta tu cara redonda. Podría ponerme seria en un abrir y cerrar de ojos y entrelazar mis dedos con los tuyos, alzar nuestras manos suavemente al cielo. Podría contar despacio hasta tres y besarte. Podría abrazarte por el cuello y hacer que tú me abraces por la cintura. Yo podría enamorarte, si fuera una persona normal...

Pero llego tarde, ya no puedo hacerlo; en lugar de ello, he dejado que seas tú el que lo haga. He dejado que seas tú el que se comporte como una persona normal (un chico cualquiera que anda buscando una princesa extraviada que no sea princesa para que lo trate como un príncipe salvador) y he dejado que me veas pasar de repente por tu lado y que te enamores al instante por mi sofisticada belleza. He dejado que te acerques tímidamente a mí (no sin antes mirar tu reflejo en el cristal de algún coche para ver si estás presentable) y que me saludes con una sonrisa abierta. He dejado que te quedes ahí plantado en silencio, poniéndome incómoda sin querer, poniéndote nervioso a ti mismo, y al final he dejado que abras la boca y que hables. He dejado que me mires fijamente a los ojos y que me digas que, pese a lo que la gran mayoría opina de las pupilas verde oscuro, son los más increíbles que jamás has contemplado. He dejado que observes de cerca estos labios tan rojos que tengo por boca y que me confieses lo mucho que quieres besarlos. He dejado que me sonrías ampliamente mientras me cuentas lo graciosa y bonita que te resulta mi cara medio redonda. He dejado que te pongas serio en un abrir y cerrar de ojos y que entrelaces tus dedos con los míos, que alces nuestras manos suavemente al cielo. He dejado que cuentes despacio hasta tres y que me beses. He dejado que me abraces por la cintura y que hagas que yo te abrace por el cuello. He dejado que me enamores, como si fueras una persona normal, esa persona que yo no fui, al final, capaz de ser.

viernes, 2 de mayo de 2014

Alergias de mayo

El calendario está torcido, y con ello quiere que pase de mes. La esquina del mes de abril permanece doblada y quieta, esperando para morir con un gesto de mi mano. Al mismo tiempo calla confusa y la oigo pensar: «¿Dónde está la sangre alterada? ¿Acaso la primavera no ha tocado aún tu tinte rojo?». Ladeo la cabeza y, para mi sorpresa, el calendario ya no se ve torcido; así callo las quejas de la esquina de abril, esperando que las hojas de mayo tengan más respeto conmigo.

Las flores ya comenzaron a olerse desde hace tiempo, desde antes del uno de mayo, como intentando tentar a la suerte y hacer que añore un mes que aún no comienza, al menos como quisiera. Vuelvo a mirar el calendario y contemplo cómo se esfuma el mes lluvioso para dejar entrar a la alergia. Alergia a las plantas, alergia a los bichos, alergia al aire, alergia al amor...

Escucho de fondo los anuncios inútiles, los programas sin sentido, el televisor a todo volumen. Estornudo y presiento que ya ha empezado: tan pronto como había llegado el mes de mayo, llegaban los recuerdos y las vivencias del pasado.

En la televisión se ríen. Alguien ha dicho algo gracioso, o alguien se ha caído, o simplemente alguien a respirado y a los guionistas les ha parecido genial destapar la lata de las risas innecesarias. Contemplan los ojos la caja tonta y no se extrañan de que la llamen así. Yo reviviendo algo serio y triste y ellos riéndose de mí.

Me siento como un poeta abandonado entre sus letras, la Donna Angelicata de Dante se burla de mí con sus demonios, ignorando que los míos ya lo hacen constantemente. ¿Me tocará vivir ese sufrimiento día a día? Cojo un papel de la estantería del fondo, me apoyo en la mesa y la tinta sale de su pluma, despacio, como quien no quiere salir temprano de la cama un lunes por la mañana.

Mi mano izquierda se enfurece y aprieta su puño clavando las uñas sobre su palma mientras contempla cómo la mano derecha danza sin parar sobre el papel. ¿Cómo puede la tristeza que claramente emana ponerla tan contenta? ¿Acaso no es consciente de que el pasado es pasado precisamente porque la echó a patadas? De los ojos también cae la tinta, pero esta tiene otro color y consistencia.

La tinta que sale de mis ojos es salada y con traumas dulces y amargos; creo que la llaman «lágrimas», o algo así... Mi mente me engaña, me mareo y, sin poder remediarlo, pulso la tecla de «stop» a mis pensamientos.

Pero mi mano sigue danzando. Ya no sé si de verdad es mía o es de mi yo pasada. Me entra la risa de repente. Me levanto de súbito para comprobar que tanto la puerta como las ventanas están cerradas y me pongo a llorar con la cara entre las manos. Debe de ser cosa de la alergia. Alergia por el pasado.



Con la colaboración de Liney (Twitter).

domingo, 27 de abril de 2014

Hace ya tantísimo tiempo de ello...

Hace tiempo que dejé de escuchar nuestra canción; esa que cantábamos tan mal los dos juntos entre risas; esa que bailábamos toda la noche sin parar y con la que tú me pisabas todo el rato los pies sin querer. Hace tiempo que dejé de escuchar tu voz; esa tan cálida con la que me susurrabas poemas de amor sin rima ni ritmo que te inventabas sobre la marcha; esa tan dulce con la que me repetías a cada instante lo hermosa que era mi sonrisa y lo bonitos y verdes que eran mis ojos; esa tan divertida con la que te burlabas de mí cada vez que se me quemaba la comida; esa tan seria con la que me decías que no querías verme llorar... Y hace tiempo que dejé de escuchar también mi voz. Hace tiempo que se me fundió de tanto utilizarla para llamar a alguien cuya respuesta jamás llegué a escuchar.

Hace tiempo que dejé de ver tu rostro proyectado en el reflejo de mis ojos en el espejo. Hace ya bastante tiempo que tu imagen se hizo borrosa en mi cabeza. Hace tiempo que no veo ni tus manos, esas que se abrazaban a las mías y caminaban juntas kilómetros y kilómetros de felicidad, ni tus brazos, esos que me abrazaban cuando necesitaba llorar y cuando necesitaba compartir mi alegría. Hace tiempo también que no veo ni tus piernas, esas sobre las que me sentaba a escuchar los cuentos que tú me narrabas tan a gusto y que yo había escrito previamente para ti, ni tus pies, esos tan ardientes capaces de soportar el frío de los míos. Hace tiempo además que no veo ni tus dedos, esos que recorrían delicadamente mi piel desnuda y se aventuraban dentro de los más recónditos y oscuros lugares de mi cuerpo, ni tu espalda, esa que me gustaba tanto recorrer con mis besos hasta llegar a tu nuca. Hace tiempo que incluso no logro vislumbrar tu sonrisa... y hace tiempo que no alcanzo a ver la mía tampoco.

Hace ya tanto tiempo de todo esto, que ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que leí nuestra historia. Lo único que sé es que nunca se me ha dado bien escribir un final; que, cada vez que termino una de mis pequeñas historias, las dejo cojas, como si les faltara algo, como si aún hubiera mucho que decir, algo que hiciera cambiar radicalmente todo, algo que demostrara que sí existen los finales felices. Y, aunque ya no sea yo la que escriba, sino mis manos, eso es algo que no puede cambiar por tratarse de mis manos.

sábado, 26 de abril de 2014

Hace ya mucho tiempo que lo nuestro no tiene nombre

Hace ya mucho tiempo que no soy yo la que escribe, que mis lápices tienen vida propia, que yo solo dejo que mis dedos los abracen tímidamente, que yo solo dejo que mi mano baile sobre las hojas...

Hace ya mucho tiempo que la tinta no corre por mis venas, que estas están más secas que las hojas esparcidas por el suelo del otoño. Mis pensamientos ya no se centran en los párrafos, en las frases y oraciones, en las palabras, en las letras. Hace ya mucho tiempo que yo solo me dejo llevar y contemplo cómo mis ojos expulsan angustiosamente sobre el papel el líquido negro con el que componen mi obra satírica. Porque hace ya mucho tiempo que esto dejó de ser un cuento de hadas, una bella historia de dos enamorados que vivían felices y comían perdices.

Hace ya mucho tiempo que el amor devino en tragedia griega, una en la que tú ya no formabas parte; una en la que yo, la heroína de la obra teatral, causaba al público lástima y compasión, pero a su vez causaba admiración por ser capaz de afrontar mi destino.

Hace ya muchísimo tiempo yo estaba dispuesta a ser desdichada y hace ya un poco menos de tiempo decidí que no quería ese heroico final.

Y es que hace algo menos de tiempo comprendí que yo no era una heroína, que nadie se compadecía de mi alma, nadie admiraba mi fuerza interior y mi valor para seguir. Hace ya mucho tiempo que comprendí que se reían de mí cada vez que me veían llorar y gritar de dolor (no de un dolor físico, sino de un dolor que sentía mi corazón al atisbar tu ausencia).

Hace ya mucho tiempo que vi que la desdicha se burlaba de mi vida. Hace ya mucho tiempo que vi que la vida se mofaba de mí.

lunes, 21 de abril de 2014

Días

Eran como esos tristes días de otoño en los que los árboles se deshojaban sin rechistar, se torturaban a sí mismos por algún error cometido en el ya olvidado pasado y se castigaban arrancándose su espíritu de juventud. Eran como esos melancólicos días de invierno en los que la nieve lo cubría todo de un pálido blanco que ahogaba a los demás colores y congelaba sus ya no tan alegres almas. Eran días de primavera, una primavera llena de vientos fríos y airados, una primavera llena de llantos y gritos provenientes del mismísimo cielo, una primavera sin flores.

Y ¿qué podía hacer sino otear allá a lo lejos esperando atisbar su silueta? Verlo correr hacia ella, o más bien imaginar que lo veía, llenaba su rostro de estúpidas amplias sonrisas. Sentirse rodeada por sus brazos, sentirse aplastada contra su pecho, sentirse abrigada por su piel. Leer su mirada, su sonrisa, y corresponderle con un poema escrito por su risa. No podía hacer nada más que imaginar que oía allá a lo lejos sus veloces pasos, su respiración agitada, sus fuertes latidos.

No obstante, él llenaba sus ojos de excusas baratas; tales como que el viento despeinaba sus cortos cabellos, la lluvia que tanto le gustaba mojaba su paraguas, o que dentro de tres días no le iba a apetecer. Y ella depositaba cuidadosamente sus excusas en papel reciclado para volverlas a leer, volvérselas a tragar y volverlas a expulsar esta vez como las nubes expulsan la fría lluvia: a base de fuertes golpes sonoros.

Eran días largos de noches alteradas, de sueños matinales y sobresaltos nocturnos, de esperanzas vespertinas y llantos crepusculares. Eran días extrañamente normales.

jueves, 17 de abril de 2014

Café de madrugada

La puerta cerrada, la luz apagada, las persianas bajadas, silencio absoluto y una sonrisa en la cara. Le gustaba contemplarla mientras dormía: tan tranquila, tan dulce, tan guapa. Al fin respiraba de manera relajada, al fin descansaba de tanto ajetreo. Le encantaba verla así: sin problemas, sin estar nerviosa, una mujer soñadora y feliz.

Dormía de lado, mirando hacia él, con las rodillas ligeramente dobladas y ambos brazos bajo la almohada. Sobre esa hora nunca llevaba pijama, y algunos días, como ese, tampoco llevaba sostén; se desnudaba en mitad de la noche sin darse cuenta de nada, dormida, soñando quizá. Sus pies estaban cubiertos por las finas sábanas azules primaverales, pero el resto de su cuerpo estaba totalmente al descubierto; hacía calor en la habitación.

Le gustaba toda ella: su pálida y suave piel, sus largos y finos cabellos dorados, sus enormes ojos verdes, su fina cintura, sus poco pronunciadas caderas, sus firmes muslos, sus delgados brazos, la obscura peca de su espalda y hasta la rotura de sus palas que se hizo de pequeña cuando cayó al suelo mientras bailaba su canción favorita. Solo había una única cosa en el mundo que lo hiciera más feliz que observarla en silencio: madrugar.

Se levantaba media hora antes que ella para prepararle ese desayuno que tanto le gustaba. Se levantaba aun cuando la única que debía madrugar por obligación era ella. Se levantaba para preparar café, pegarle un pequeño sorbo para comprobar su textura y sabor, adelantarse al despertador y despertar a su amada, darle los buenos días, decirle lo guapa que estaba, acompañarla a la puerta y darle un beso antes de que partiera. Se levantaba y, cuando ella ya se había ido a trabajar, se volvía a acostar.

Ahora a quien le tocaba soñar era a él. Y soñaba con ella, con lo que acababa de ocurrir; pues ningún sueño, por hermoso que fuera, podía superar la realidad en la que vivía. Soñaba con que se amaban, con que la contemplaba dormir y con que degustaban café juntos de buena mañana. Y soñaba también con que a ella le encantaba su café.

No obstante, ella prefería sus besos al café. Esa ardiente taza que la esperaba todos los días a las seis de la mañana le parecía aún demasiado fría en comparación con los apasionados besos de sus labios mojados aún de café recién hecho que la despertaban un minuto antes de que sonara el despertador.

viernes, 7 de marzo de 2014

¿Utopía?

Odio cuando me sonríes tímidamente nada más verme pasar por tu lado y me acaricias suavemente los brazos; cuando me devuelves alegremente la sonrisa que yo te he mandado primera tras estar mirándote fijamente para ver si te girabas hacia mí; cuando de repente nos giramos a mirarnos a los ojos y nos sonreímos a la vez; e incluso odio cuando no hay sonrisa, cuando solo nos dedicamos a contemplarnos sin parpadear.

Detesto también que estemos los dos solos, sentados el uno al lado del otro, hablando de cosas banales y riendo sin parar. Vuelvo a odiar entonces tu sonrisa. Detesto que nos abracemos cuando hay mucha gente a nuestro alrededor y que degustemos nuestros labios cuando no nos rodea ni un alma. Detesto pasar el tiempo contigo, aunque no estemos solos tú y yo.

Aborrezco pensarte y aborrezco saber a ciencia cierta que tú también me piensas; decirte cualquier cosa sin miedo y escuchar tu voz diciéndome también cualquier cosa sin temor a lo que pueda parecer o a lo que pueda yo entender y pensar. Odio además confesarte cosas que jamás le diría a otras personas y desprecio que tú hagas lo mismo.

Lo odio, de verdad que lo odio... Lo odio porque me acostumbras a vivir en un mundo maravilloso donde todo es fantástico, un mundo lleno de luz y color donde soy casi como una reina; me acostumbras a acariciar tu amor, a cogerlo con fuerza y a no soltarlo, a tenerlo solo para mí; y, cuando la luz se apaga, cuando se va el amor, ya no sé dónde está la salida.

viernes, 10 de mayo de 2013

—¡Oh, por Zenus! Eres más raro que un perro marrón

En ese momento se sentía el can más solitario del mundo. Nadie lo quería tener cerca, todos lo rehuían en cuanto olían su presencia. Y ¿todo por qué? ¡Por tener iniciativa! Estaba harto de rebuscar comida en la basura, de comer sobras y usar la tierra únicamente para hacer sus necesidades. ¿Es que no podían cultivar pollos en el campo? ¡¿Acaso era imposible?! Era evidente que no, pero todos los de su especie eran demasiado vagos como para ponerse a trabajar… Y ¡sobre todo desde la exterminación de los gatos! Allá por el 3546, un año que quedó grabado en memoria de todos. ¿Quién hubiera pensado que los ratones se harían tan y tan fuertes como para contraatacar? Menos mal que se aliaron con los fieles rastreadores…

Al pobre sólo le quedaban recuerdos, y la mayoría inventados por él mismo. El viento ondeaba su rígido pelo verde; no era tan llamativo ni lustroso como el negro azabache del fuerte y engreído Toby, pero tampoco era tan simple como el azul.

Entonaba el viento, además, una silbante melodía que se le metía en el cerebro y acompasaba su más preciado recuerdo (éste, al menos, era real, no como el de cuando ganó el campeonato de lucha intergaláctica que se celebró a principios del siglo XXXVIII d. C….). Recordaba cuando la vio por primera vez… Tan bella… tan radiante… Con esos ojos esmeralda, esa dulce sonrisa que asomaba tímidamente por su hocico, ese sedoso cuerpo aperlado… ¡Era tan peluda! Se le salía fuera del hocico la lengua llena de babas cuando la recordaba…

Y entonces, se iluminó una bombilla encima de él. Lo había meditado más de una vez: si nadie lo quería allí, ¡iría a buscarla! No cesaría su búsqueda hasta hallar ese perfecto cuadrúpedo ser del cual se había enamorado. Ella lo escucharía, lo animaría en sus decisiones y lo ayudaría a llevar a cabo sus miles de proyectos para avanzar más fácilmente en la naturaleza. Al menos, eso hacía en su cabeza: lo amaba. Se olfatearían hasta las tantas, beberían juntos del lago en el que se refleja la luna cada noche y excavarían apasionadamente la tierra en busca de juguetes viejos. Cuánta imaginación tenía, ¡por Zenus! Menos mal que por aquel entonces ya se hacían los sueños realidad…

Quizá fuera más raro que un perro marrón, pero al menos no seguía las mismas patas de forma monótona una y otra vez.

lunes, 22 de octubre de 2012

Se le encogió el corazón

Ahora podría abrirse de nuevo al mundo y permitir a su ya ajado y cada vez más pequeño órgano bermellón degustar nuevas delicias y deleitarse con los diferentes a la par que añejos tentempiés de toda la vida. Él también podría, (por supuesto, ¡eso ni lo dudes!), solo que, a diferencia de la triste muchacha, por propia voluntad.

Al todavía inmaduro muchacho no lo habían, de momento, abandonado por «exceso de amor» (qué extraño, juraría que por eso no se abandona a la gente... En fin). A ella, en cambio, (y sin saber si tomárselo como algo bueno o malo), la acababan de echar de forma cruel por «quererla demasiado y no poder verla más que en bellos y utópicos sueños y en dulcísimos pensamientos» (hipócrita...).

Cierto o no, con el corazón encogido, se hallaba la triste joven tremendamente enojada (demasiado, diría yo, y muy poco comparado con lo que debería estarlo). Sandeces. Solo decía y hacía (o escribía y plasmaba) sandeces. Basta ya de derramar lágrimas inútiles, ¡por Dios! ¿De qué servía? (Silencio; es una pregunta retórica).

Seguramente fuera cierto. 1930,95 kilómetros de distancia eran demasiados, 245 días eran muchos (en realidad, ahora me parecen pocos)... En parte lo comprendía. Era joven e inexperto, demasiado como para conocer de verdad el amor y saber tratarlo como tal. El pobre se merecía un respiro, pues ya había hecho bastante por el momento. Tenía derecho a crecer y a asentar la cabeza paulatinamente.

Y de tanto que lo quería, decidió no quererlo más.