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viernes, 19 de octubre de 2012

Destino presuroso (X y último episodio)

(Los episodios VII, VIII y IX no valen la pena).


Iban a ser tan felices... Pero el cruel y presuroso destino quiso que dejaran a un lado ese magnífico sueño y vivieran, en de coordenadas, climas y vegetaciones totalmente distintas, otra realidad. No, esta no sería una realidad paralela; sino más bien la verdadera y cruda realidad.

Se oyó, en algún alejado lugar que se hallaba más cerca de lo pensado, un «crac». Se borró su radiante sonrisa de enamorada y se dibujó en su rostro un interminable llanto de lamento mezclado con un poco de culpabilidad. Había terminado de leer su cuento de hadas y no le había agradado, para nada, el final: le había sabido a poco.

Qué lástima y qué tormentoso todo aquello. Desgana, pesadumbre, nostalgia, desazón. No sabía cómo describir aquello que le rondaba por la cabeza.

¿Esfuerzo? Sería en vano. En aquel momento, lo había perdido todo y no podía hacer nada para recuperarlo. Solo recorrer y no dejar de recorrer kilómetros y más kilómetros. Imposible. Lo siento. De verdad: lo siento.

Y ¿qué hay de sus hijos? ¿Y de su perro, sin nombre por el momento? ¿Y de Salustio, claramente un gato más que rollizo? ¿Dónde quedó su «hogar, dulce hogar»? ¿Quién sabe...? Se destruyó antes de tiempo, sí. El techo se vino abajo y las paredes, junto con todo lo demás, se derrumbaron... dejando su utópica felicidad entre los escombros.

lunes, 1 de octubre de 2012

Destino presuroso (VI episodio)

(El V episodio no vale la pena).


No era sino el caballero del castillo el que no dejaba a la princesa partir a ver al Conde. Allí, claro estaba, disfrutaría de una breve pero agradable estancia, rodeada siempre de los mejores placeres; y aun siendo breve, no dejaría verla marchar.

La quería toda para él: angustiada en soledad pero a salvo de los peligros que pudiera hallar en un lugar ignoto, de momento, para su razón. ¡Como si permaneciendo en su ahora cálido hogar no pudiera advertir vileza alguna!

Y la princesa tenía la cada vez más inconcebible necesidad de emigrar hacia aquel mundo desconocido para sus aceitunados ojos y alcanzar así el tono zarco de su mirada.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Destino presuroso (IV episodio)

Todo va bien.
Todo va mal.
Todo va genial.
Todo va fatal.
Todo va perfecto.
Todo va de forma horrible.

Pero ellos insistían, perseveraban. No querían zanjar tan rápido. Debían intentarlo y demostrar que era posible, que ellos lo habían conseguido.

Y cada vez parecía más imposible. ¿Realmente podían esperar? ¿Eran poseedores de tal cantidad de paciencia? Esperaban que sí, mas no lo sabían con verdadera certeza. O, al menos, por el momento.

Y de momento, lo único que debían procurar evitar eran los juegos inútiles e infantiles que tanto daño causaban por tratarse supuestamente de inocentes entretenimientos.

martes, 11 de septiembre de 2012

Destino presuroso (III episodio)

Y tras una noche de amarga desesperación, de llantos incontrolados y de incansable odio hacia ellos mismos, pareció atisbarse una pequeña y brillante luz a través del nítido cristal de la pulcra ventana.

De repente, despertó de lo que parecía una horrible e interminable pesadilla.

No, no la había alcanzado todavía la mencionada triste y cargante Muerte y no, no se encontraba en medio de un frondoso y terrorífico bosque, sino en su cama, entre sus cálidas sábanas y sus esponjosos peluches de toda la vida.

Arrepentimiento. Esa era la clave de todo. Era lo que él sentía en aquel amanecer, lo que le haría saber que había experimentado durante toda aquella fría y oscura noche.  Era lo que ella sentía también, sin saber por qué, sin tener motivo.

El perdón bastaba. Ella lo amaba, claro, pero aun así no era suficiente. No estaba preparada para seguir como antes, como si nada hubiera pasado. Ahora no sabía cómo actuar, qué decir; pero lo amaba y nada más importaba en aquel instante.

Él conocía su inquietud y la comprendía a la perfección. No importaba. Él la amaba.

El problema de la distancia era no esforzarse en acercarse. Eso estaba claro. Y acabaron por animarse a intentar aproximarse poco a poco y no terminar de alejarse de forma definitiva. ¿Quién sabe qué saldría de todo aquello?

martes, 4 de septiembre de 2012

Destino presuroso (II episodio)

Sola se hallaba, desde hacía un tiempo, en medio de aquel frondoso y oscuro bosque. Su respiración agitada rompía el profundo silencio que la envolvía junto a la tan espesa niebla, culpable de la humedad del ambiente pero no de la de sus ojos.

Estaba cansada de huir, lo había hecho tantas veces que ya no le encontraba el sentido. ¿Para qué, si terminaría alcanzándola tarde o temprano?

Era todo tan horrible y espantoso... No dejaba de temblar y presentía una muy cercana muerte, lenta y dolorosa por culpa de su repentino y trágico abandono. No, aquel no era un día feliz; era más bien una noche infausta y fatídica.

Cayó sobre el cetrino y esponjoso césped y sollozó aún más profusamente, como si en ello se le fuese la corta vida de la que era poseedora, como si aquello la fuera a salvar de aquel nuevo y peor infierno. Sí, él ahora estaba aún más lejos, pero esta vez por voluntad propia (o quizá fuera ella la que lo había hecho alejarse cada vez más y más con sus palabras excesivamente sinceras y sus actos escasamente pensados ¿quién sabe?); mas, estaba claro que, en ese preciso instante, sus espíritus habían dejado de sentirse.

Amargamente se torturaba para sus adentros y decía ser la causante de todo aquello, responsable de que él no pudiera soportarlo más y decidiera abandonar. Se dañaba a sí misma y gritaba; se castigaba cruelmente y de forma totalmente lógica según su parecer.

¿Acaso era posible? Ella aún no lo creía, pero él ya se había encargado de que ella lo creyese posible.

- ¿Por qué ahora? -se preguntó- ¿Por qué no después? O nunca.

Y mientras ambos procuraban huir, cada uno a su manera, de aquel infernal lugar. Intentaban olvidarlo todo, pero no podían.

La luna curioseaba a través de las nubes para saber qué ocurría exactamente y se burlaba de ellos con tremendo descaro. Y ellos, los examantes, apartaban la vista a un lado para que el otro no leyera su sentimiento de culpa.