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domingo, 8 de junio de 2014

He intentado lo imposible

He intentado lo imposible: he intentado no estar triste y no lo he conseguido. He intentado no atiborrarme a golosinas en mitad de la noche mientras pienso que mi vida no tiene sentido, tanto si estás tú como si no. No masticarlas tan rápidamente y tragármelas casi sin saborearlas mientras noto cómo vuelve el frío a mi piel, y hace que necesite ponerme el pijama de otoño o taparme con las sábanas de primavera. He intentado no sentir la necesidad de llenar este vacío que tengo en el pecho con azúcar, no sentir la necesidad de cubrir tu amarga ausencia con dulces más o menos baratos que sólo son fruto de un capricho puntual y que sólo causan dolor de estómago. Y he intentado, por supuesto, no llorar. Ya lo he dicho antes: he intentado lo imposible. He intentado no irme corriendo al baño en bragas y con un nudo en la garganta. He intentado no chocarme contra las paredes, no arrastrarme por los suelos. He intentado no desplomarme en el pequeño cuarto de baño, no lloriquear como una cría adolescente cuyo novio la ha dejado tras tres meses de amor verdadero, he intentado no berrear como una desesperada.
 
Lo he intentado.

sábado, 17 de mayo de 2014

He intentado no crearme tan altas expectativas

He intentado no crearme tan altas expectativas, creer en algo coherente, algo que sí puede pasar, algo que, de hecho, pasa. He intentado pensar que mañana no me darás los buenos días, que nunca me darás ese abrazo que me debes, que nuestra noche apasionada es solo un bonito sueño mío, que no te vas a acordar de ese día tan especial para mí.

Y sin embargo, siempre termino imaginando que me vas a dar hasta las buenas noches, que cualquier día de estos te me acercarás sigiloso por detrás para rodearme la cintura con tus fuertes brazos, que acabarás por invitarme a cenar en un restaurante romántico para comer luego el postre en la lujosa cama de un hotel de cuatro estrellas, que me regalarás esa rosa recién cortada que siempre he querido tener.

He intentado ser mínimamente inteligente, tener un poco de cabeza, no creer tanto en cuentos de hadas y vivir con los pies en la tierra. He intentado convencerme de que lo que no ha llegado ya es porque jamás vendrá, que el «más vale tarde que nunca» es más bien un «no pasará ni tarde ni nunca». He intentado ser racional, pero, desgraciadamente, soñar es más bonito.

miércoles, 14 de mayo de 2014

He intentado no escribirte

He intentado no escribirte, no enviarte un mensaje con cada cosa que hago, con cada cosa que pienso, con cada cosa que me dicen, con cada cosa que sueño. He intentado no sentir ese impulso que me obliga a narrarte minuto a minuto mi vida, pero me ha resultado imposible; así que he intentado ignorar dicho impulso, pero me ha resultado aún más imposible.


Cada cosa que hago la hago por ti, para que lleguemos algún día a estar juntos, por mi fe irracional en el destino. Con cada pensamiento que me viene a la mente, me viene también a la cabeza lo mucho que te quiero, lo mucho que podrías quererme, lo mucho que nos querremos quizá algún día no muy lejano. Cada cosa que me dicen me hace pensar en seguida en tu perfecta sonrisa, en tus brillantes ojos, en tus cálidos mofletes, en tu suave cabello, en tus fuertes brazos, en tu jugoso pecho, en tus dulces muslos, en tu atractivo trasero. En cada sueño que tengo sales tú, aunque solo sea al principio para dormirme, aunque solo sea al final para despertarme, aunque solo sea en mitad del sueño en forma de suspiro. Y tengo la necesidad de decírtelo.

También he intentado (al ver que no podía decidir no escribirte) olvidarme de escribir (como si de repente no supiera hacerlo), pero mis manos se han encargado de aprender para hacerlo ellas solas por mí. Y ahora te escribo sin pensar, de manera instintiva, por pura costumbre, puro hábito.

He intentado no escribirte más, en serio, para que no me acuses de pesada y obsesiva, para que no salgas corriendo asustado y decidas no volver. He intentado no ser un todo contigo, no considerarte parte de mí, pero incluso ahora, que estoy escribiendo para mí, te estoy escribiendo a ti.

viernes, 11 de abril de 2014

He intentado escribirte

He intentado escribirte, pero no se me ocurría nada que decirte, así que me he puesto a pensar en todo lo que he estado haciendo a lo largo del día.


Me he despertado sabiendo que había soñado contigo. No recordaba el sueño, pero, a juzgar por las lágrimas resecas que tenía por toda la cara, he deducido que se trataba de una de esas despedidas tuyas que tan poco me gustan. He hecho de mi cuerpo desnudo un ovillo encima de la cama y me he puesto a temblar de solo pensar que jamás te volvería a ver. No me imagino un mundo sin esos ojos tuyos tan brillantes... ¿quién o qué iluminaría entonces mi camino? Tampoco me veo alejada de tu sonrisa, más preciosa que cualquier gigantesca nebulosa del eterno universo.

Me he dignado al fin alzarme de la cama y he ido a desayunar. No tengo costumbre de hacerlo, pero tú quieres que lo haga y, aunque tú no lo sepas y nunca lo vayas a saber, me gusta seguir tus consejos. Me he puesto a estudiar un poco, o más bien lo he intentado, también porque tú me lo has pedido alguna vez. Ambos sabemos que no se me da nada bien esto... No todo el mundo está hecho para todo, y yo no soy tan lista como tú; ni tan insistente...

Luego he hecho lo de siempre: primero te he echado de menos; luego te he odiado por no echarme tú a mí de menos y he dejado de echarte de menos; seguidamente me he odiado a mí misma por odiarte y dejar de echarte de menos; y por último he echado de menos echarte de menos.

Se ha hecho la hora de la comida; así que he preparado la comida, he puesto la mesa y he comido desganada, con la mirada perdida y rostro melancólico, pensando en ti. Eres tan adorable cuando no dejas de comer y comer y comer... dan ganas de achucharte con solo observarte.

Después de comer me he encerrado en el baño a llorar y a gritar de rabia en silencio por no poder estar a tu lado; por no haber podido, quizá, comer contigo; por no haber podido prepararte la comida.

Por la tarde me he encerrado en mi cuarto, me he tumbado en la cama y no he hecho nada, absolutamente nada. He cogido el móvil y he pensado en enviarte un mensaje, pero no lo he hecho porque sabía que no contestarías... Por lo tanto, he seguido encerrada en mi habitación, tumbada entre las mantas de mi cama y sin hacer nada, absolutamente nada, más que pensar en ti, imaginar que respondías a un hipotético mensaje que yo te enviaba e imaginar que me amabas la octava parte de lo que te amo yo, que ya es decir...

Sin darme cuenta, se ha hecho la hora de cenar; así que he preparado la cena, he puesto la mesa y he cenado también desganada, con la mirada perdida en tu rostro perfectamente dibujado en mi mente y con un molesto nudo en la garganta.

Después de cenar me he encerrado en el baño a reflexionar un poco acerca de esta obsesión, probablemente insana, que tengo contigo. Me he dado cuenta de que quizá el problema sea que necesito tener a alguien a quien poder describir en mis narraciones y de quien esconder dichas narraciones. O quizá no me he dado cuenta de nada y lo único que ocurre es que te quiero con locura.

Y ya finalmente me he vuelto a encerrar en mi cuarto y he cogido esa pequeña libreta verde llena de tristes garabatos que guardo en el cajón de mi ropa interior y, con un viejo lápiz que hacía ya tiempo que no usaba, he intentado escribirte, pero no se me ocurría nada, así que me he puesto a pensar en todo lo que he estado haciendo a lo largo del día.

sábado, 29 de marzo de 2014

He intentado olvidarte

He intentado olvidarte, de verdad que lo he intentado… pero, cada vez que abro los ojos, te veo reflejado en un espejo, en el cristal de una ventana rota, en la reluciente cerámica de una vajilla sin estrenar, en un suelo recién encerado… y, cada vez que los cierro, veo cómo te paseas dentro de mi cabeza, cómo reformas el salón que te has construido dentro de mi mente, la habitación en la que duermes ahora, cómo comes en mitad de la noche en tu nueva cocina, cómo te duchas sin siquiera dignarte tapar tu cuerpo desnudo y empapado…

 He intentado olvidar tu nombre, ¡en serio!, no repetírmelo tantas veces en mi cabeza, no decirlo en voz alta mientras sonrío al mirarme en el espejo de mi habitación; pero, cada vez que abro la boca, lo escupo sin pensar; y cada vez que me callo es porque me estoy atragantando con él. 

He intentado olvidar tus ojos del color de la fachada de la finca en la que vivo; esa sonrisa tuya que tanto se parece a la luna menguante y que brilla más que el mismísimo sol; esos dientes que no tienen nada que envidiar a la nieve; esos cabellos que no tienen nada que envidiar a la noche. 

He intentado olvidar lo mucho que te gustan esas ensaimadas recién hechas que desayuno yo cada domingo; esas canciones que tanto adoras cantar y que yo tengo por costumbre escuchar cada día de camino al gimnasio; esos mensajes que me enviabas a todas horas y que yo aún leo cada noche antes de acostarme; esos hábitos que odiamos; esas manías que compartimos.

He intentado olvidar también el sabor de tus labios, ese casi tan dulce como las golosinas de las que me atiborro todos los fines de semana; ese olor que desprendes tan característico y atrayente que se impregna tan fácilmente en la ropa (maldita la hora en la que decidí que abrazarte era algo genial); esas palabras que me susurrabas y que eran más ardientes que la arena de la playa en pleno medio día de verano.


He intentado olvidarte, y he intentado intentar olvidarte, pero lo que realmente he olvidado ha sido olvidarte.
 
[Desplegar para el original en verso]