viernes, 10 de mayo de 2013

—¡Oh, por Zenus! Eres más raro que un perro marrón

En ese momento se sentía el can más solitario del mundo. Nadie lo quería tener cerca, todos lo rehuían en cuanto olían su presencia. Y ¿todo por qué? ¡Por tener iniciativa! Estaba harto de rebuscar comida en la basura, de comer sobras y usar la tierra únicamente para hacer sus necesidades. ¿Es que no podían cultivar pollos en el campo? ¡¿Acaso era imposible?! Era evidente que no, pero todos los de su especie eran demasiado vagos como para ponerse a trabajar… Y ¡sobre todo desde la exterminación de los gatos! Allá por el 3546, un año que quedó grabado en memoria de todos. ¿Quién hubiera pensado que los ratones se harían tan y tan fuertes como para contraatacar? Menos mal que se aliaron con los fieles rastreadores…

Al pobre sólo le quedaban recuerdos, y la mayoría inventados por él mismo. El viento ondeaba su rígido pelo verde; no era tan llamativo ni lustroso como el negro azabache del fuerte y engreído Toby, pero tampoco era tan simple como el azul.

Entonaba el viento, además, una silbante melodía que se le metía en el cerebro y acompasaba su más preciado recuerdo (éste, al menos, era real, no como el de cuando ganó el campeonato de lucha intergaláctica que se celebró a principios del siglo XXXVIII d. C….). Recordaba cuando la vio por primera vez… Tan bella… tan radiante… Con esos ojos esmeralda, esa dulce sonrisa que asomaba tímidamente por su hocico, ese sedoso cuerpo aperlado… ¡Era tan peluda! Se le salía fuera del hocico la lengua llena de babas cuando la recordaba…

Y entonces, se iluminó una bombilla encima de él. Lo había meditado más de una vez: si nadie lo quería allí, ¡iría a buscarla! No cesaría su búsqueda hasta hallar ese perfecto cuadrúpedo ser del cual se había enamorado. Ella lo escucharía, lo animaría en sus decisiones y lo ayudaría a llevar a cabo sus miles de proyectos para avanzar más fácilmente en la naturaleza. Al menos, eso hacía en su cabeza: lo amaba. Se olfatearían hasta las tantas, beberían juntos del lago en el que se refleja la luna cada noche y excavarían apasionadamente la tierra en busca de juguetes viejos. Cuánta imaginación tenía, ¡por Zenus! Menos mal que por aquel entonces ya se hacían los sueños realidad…

Quizá fuera más raro que un perro marrón, pero al menos no seguía las mismas patas de forma monótona una y otra vez.

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