No era más
que un día gris. Uno de tantos. El sol resplandecía, pero no le llegaba la luz.
El viento soplaba con fuerza, pero no lograba despertarla. Sólo habladurías
llenaban su cabeza de sonidos incesantes.
Un «quizá”»
no bastaba. Un «tal vez» no significaba nada. Un «puede» no calmaba su sed. Necesitaba
más. Algo seguro a lo que aferrarse. Precisaba de algo sólido. Una certeza.
Aunque ésta la dañara, la prefería ante las mentiras piadosas que no había
hecho más que escuchar y que la fragmentaban poco a poco.
Se había
ido. Es más, ni siquiera se había dignado aparecer por su vida. Se había
llevado su esperanza. Había robado su vana ilusión con esas falacias y esa
mirada de culpabilidad. Sólo quedaba
lamentarse y pensar; lamentarse y pensar.
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